De todas las cocinas más importantes del sudeste asiático (Vietnam, Indonesia, Malasia, Filipinas y Tailandia) la Tai es la más mencionada cuando uno pregunta sobre cocinas para nosotros exóticas, y su armonía con los vinos. La Tai es la más copiada, y aparentemente la más ensayada en cursos de cocina exótica y en cursito ligth.

            “Hoy vamos a hacer un plato de la cocina tailandesa, una de las cocinas más importantes del mundo” dice el chef en la televisión. Uno cambia de canal, y al rato aparece otra versión. La televisión por cable está llena de cocina Tai. Ejecutada por cocineros que nunca han recorrido Tailandia, ni trabajado con maestros locales. Y por señoras distinguidas, delgadas, no muy amantes del arroz pero a quienes les encantan las ensaladas tailandesas inventadas en Nueva York.

            “Es un fenómeno norteamericano”, explicó una vez Quentin Crewe, especialista británico en viajes y gastronomía. Hubo un tiempo –sostenía- en que la cocina más conocida y difundida del sudeste asiático era la vietnamita. Pero la popularidad de ésa cocina fue inimaginable en la televisión norteamericana porque allí se perdió una guerra.      Las recetas tailandesas (supuestas y reales) impresas en Internet, permiten pavimentar kilómetros de autopistas, pero ocupan escaso espacio en las enciclopedias gastronómicas de renombre.

            “Tailandia a diferencia de China, nunca desarrolló una gran cocina cortesana. La única distinción entre la cocina campesina y la de la aristocracias se queda en los esculpidos en frutos y hortalizas. Que adquieren forma de flores, cangrejos, hojas, barcos o figuras de la mitología local”. Lo afirma el equipo que coordinó Martha Shulman para escribir su atlas mundial de la gastronomía.

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 Son la sal de la vida en una sociedad que quiere vivir con elegancia.

Lo saben todo. Pero tienen sed insaciable por conocer más. Su curiosidad, ganas y antojos, son el motor del lujo, la moda, la gastronomía y los vinos. También de la literatura y sus lecturas, el whisky de malta pura, los tragos con leyenda, el teatro, el aceite de oliva extra virgen, el yoga, los viajes, el arte, y el deseo de vivir bien y pasarla mejor.

Pocos de los que trabajan en el marketing de ésas cosas las entienden. Algunos no las conocen. Otros, ni siquiera saben que existen. Se quedaron en la división del mercado (la gente) por rebanadas etareas (de 15 a 20, de 20 a 30, de 30 a 40, más de 50) cuando en realidad ellas dejaron de contar por décadas.

Desde entonces, gritan en silencio que no existen edades sino experiencias. Y que más que pasados, lo que tienen son ganas. “Conciencia del yo” le llaman a eso los acartonados del desván. Libertad, independencia, replican ellas.

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  Tienen sed. De cosas que no han conocido aún. De las que han oído hablar o leído y no probado. De saber, de experimentar, de probar. En el descorche hay sed. Y ganas – muchas- de no quedarse con la boca seca, sin placer.

            Me lo cuentan mis nuevos alumnos que todos los días hablan con ellas, y con ellos. La semana pasada comencé la formación de la cuarta camada de personal en Licores Mundiales, a la que rebauticé “La Cava de Caracas”.

            Es la primera en el tiempo y la más distinguida en el estilo, tienda de vinos, licores y bebidas espirituosas de Caracas. Mis nuevos alumnos son casi 50. Formé la primera junto con sus directivos hace nueve años, uno antes de la apertura. La semana pasada, el emprendimiento cumplió 8 años en Las Mercedes, la urbanización con mayor densidad de restaurantes en la ciudad.

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   Hace nueve años en la cultura urbana venezolana, al vino no se le ofrecía con dignidad. Deambulaba la gran botella, esperando que la ubicaran entre sus pares. Peleaba el vino de reserva, con el vino vencido o dormido. Se daban codazos los varietales, por conseguir espacio en las estanterías. El “vinito” se mezclaba, mimetizándose con el paisaje vistoso y confuso de todas las etiquetas.

 

            Así, las botellas no tenían tienda especializada. Por eso hemos abrazado durante los últimos ocho años (más uno de entrenamiento) la tienda especializada que algunos llaman Licores Mundiales, y otros La Cava de Caracas que esta semana cumpleaños

            El sitio posee la elegancia y dignidad de las grandes tiendas de vinos de las grandes capitales. Opera en horario amplio, es frecuentado por conocedores, curiosos, ansiosos, jóvenes parejas en busca de oportunidades para una fiesta, y las damas que desean escoger en forma razonada, sin prisas, bien aconsejadas.

 

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La región del vino de Oporto en Portugal es destino al que hay que ir en estado de peregrinación. Es decir, con el alma preparada para reverenciar un mito de la cultura de Occidente.

Es un vino único, diferente, extraordinario. Desde el siglo XVI seduce a los conocedores, aristocracia, a los militantes de los placeres terrenales. Las mujeres de la Modernidad lo han hecho suyo.

 

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 La esperanza se sienta a la mesa, hace flexiones, cocina, tiene sed de vinos. Es alimento imprescindible para la inteligencia, el corazón y los estilos de vida.

Si no le parece así de importante, déjela a un lado. Tarde o temprano advertirá que, monótona y triste es la vida sin ella. Por eso cada trimestre bueno sería recordar que el impulso que le hace falta para avanzar hacia el futuro,  no es la dieta, es la esperanza.

La esperanza (enseñaba Raymond Aron cuando escribía sobre la libertad, cuando la “izquierda caviar” lo denostaba) puede mover montañas. Las movió.

Quienes creemos que la historia de las civilizaciones también se escribe con cuchara y tenedor, hemos aprendido de algunos maestros la necesidad de cultivar la esperanza.

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 Enfrentados a un centenar o dos de botellas –como seguramente estará su familia toda esta semana- ayúdelos. Nadie sabe tanto sobre lo que usted quiere, o podría querer, que su otro yo.

            Llámelo como quiera. En psicología, en el cine y la literatura “el otro yo” tiene varios nombres. Pero enfrentado al dilema de qué regalarle en su día, su mejor respuesta podría ser ésta: “Pregúntele a Papuchi”. Es decir a usted.

            Si no tiene idea de qué quiere para “su” día, no importa. Lo que importa es asegurarse que con cariño terminen regalándole la botella que no quiere. El trago que le case mal o el que nunca imaginó tomar.

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 Los comensales complacientes tumban el mejor restaurante.  Los sitios para comer no nacen malos. Se vuelven malos. Porque una clientela de nuevo cuño, no sabe, no exige, no protesta.

El comensal no enterado arruina la calidad. De la cocina y el servicio. Mientras hoy las cuentas de los restaurantes suben como la espuma (empujados por la escasez y los nuevos precios), la facturación crece. Pero el nivel gastronómico del sitio no.

Los sitios malos, hoy, no se arruinan. Hacen fortunas, viven llenos. Porque los frecuentan y mantienen, clientes que no saben. Como no saben, no exigen. Como no exigen, no comparan. Si lo hicieran, advertirían que -en moneda internacional- están  protegiendo la mediocridad.

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En la gastronomía nacional en Venezuela, dos enigmas perduran.

¿Quiénes serán las señoras que elaboran los postres que en carrito pasean por todos los comedores de restaurantes y hoteles del país? De cada cinco sitios, cuatro y medio tienen ésas famosas alternativas. Sin que el comensal proteste.

El segundo enigma es porqué en todos los restaurantes, quien ofrece los “postres del carrito” es último en la fila de prestigios de la casa. El más novato.

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En vinos con más de 5 años, y fundamentalmente en los añejos (más de 10 en el Caribe) hay que saber, conocer las bodegas productoras,  o dejarse asesorar. Para eso, sirven mucho las tiendas especializadas, los amigos enterados, y los conocedores diplomados.

No sirven los supermercados, las botellas de maletín, quienes “venden grandes gangas”. El consumidor y el coleccionista que compra “grandes vinos” fuera de los circuitos de comercialización establecidos, (conocidos, donde usted ve una cara y donde su cara se recuerda), al corto y al largo plazo, pierden. Pero no lo reconocen.

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Tienda

Avenida Rio de Janeiro con calle Trinidad, (al lado del Maute Grill). Las Mercedes, Caracas - Vzla. Horario de atención: Lun-sab: 8:30 am a 8:00 pm / Dom: Cerrado. Telf: 0212 958.21.11

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