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Etiqueta y protocolo del vino
Publicado por AS | Publicado en Vinos | Publicado el 15-07-2010

Hay bebidas que tienen un lenguaje de comunicación, comportamiento y disfrute. Es decir, de etiqueta y protocolo. Una de ellas es el vino. Otra el champagne (que es un vino), y otra el Oporto (que también es un vino) todos parecidos y todos diferentes entre sí.
El vino no se ofrece, vende, sirve y consume sino según su etiqueta. Eso lo observa el comensal sentado a la mesa, y también el entusiasta cuando sale en busca de una botella.
Para vender vinos primero hay que entenderlos. Y quizás como ya lo habrá observado el lector, la primera condición (y la menos tenida en cuenta en la mayoría de las ofertas en anaqueles y en restaurantes) es tener conciencia de su fragilidad. El vino es perecedero a diferencia de todas las demás botellas que se pueden lleva a la mesa o consumir en el bar. El vino es frágil porque requiere cuidados especiales en su almacenamiento y conservación, y frágil también porque no es eterno. Vive, alcanza su mejor momento, y muere dentro de la botella.
La etiqueta y el protocolo del vino requieren formación. Que nunca acaba porque siempre aparecen nuevos estilos, nuevas botellas, y porque el clima cambia todos los años.
Se requiere formación porque hay que saber de cepas, de geografía e incluso de historia. Y también hay que saber observar los protocolos que exigen botellas diferentes. Por su estructura, por ejemplo, los vinos blancos son más rápidamente perecederos que los tintos, especialmente si éstos tienen 12 meses o más de crianza en barricas de roble. En la etiqueta del vino las botellas con cierre de rosca (screwcap) o con tapones de plásticos son indicios de que deben consumirse jóvenes y no importa si están paradas. En cambio en los vinos con corcho, la conservación horizontal de la botella es fundamental para que éste permanezca humedecido y no se seque. Cuando esto último ocurre, el corcho se contrae y permite el ingreso del oxígeno, que primero adormece y después mata al vino. Por eso, en las buenas exhibiciones, sólo permanece parada por tipo o estilo de vino una sola botella (que se rota cada tres o cinco días) mientras todas las demás se conservan en estiba horizontal.
Las viejas pero muy difundidas imágenes de botellas con telaraña son símbolos del siglo XIX. Hoy, una nueva conciencia sobre el vino y consumidores enterados y acuciosos hacen que éstos, enfrentados al polvo, corchos sobresalidos o hundidos, y etiquetas manchadas o rotas, descarten botellas.
El protocolo de los vinos exige además de una temperatura de conservación, una adecuada temperatura de servicio. Este último es un requisito fundamental para el pleno disfrute de una botella. Si tiene dudas, sirva un blanco sólo refrescadito (19º) y después compare en boca cómo se percibe si lo sirve (según su tipo) a 12º o a 9º. Haga algo similar con un tinto: sírvalo a temperatura ambiente (por lo general de 22º a 32º) y sienta los aromas y el bouquet a los 15º si es un tinto ligero, y a 18º si es un vino de reserva.
Los errores en la temperatura de servicio es la falla de protocolo más frecuente en el servicio del vino en casa y aún en los restaurantes donde no ha llegado el termómetro (que no es una extravagancia, pues existen de varios modelos y a precios muy razonables, hasta los echones y costosos).
La etiqueta y el protocolo de los vinos es algo que se practica en Licores Mundiales. Durante todo el año, todo el personal (desde el almacén a las vendedoras y directivos) asiste a talleres y sesiones de formación continua. Eso es lo que hace a esta tienda diferente. Se parte de la premisa que, para vender vinos, hay que saber tratarlos y diferenciarlos.



