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El Mundial y los restaurantes
Publicado por AS | Publicado en Columnas del Profe | Publicado el 07-06-2010

En una semana comienza el campeonato mundial de fútbol y cada restaurante se convierte en un estadio, en chiquito. Ya los enamorados, las mujeres ejecutivas y algunos intelectuales y poetas, andan a la caza de datos de dónde se podrá comer en paz. Y todos los demás, tratando de enterarse en qué local estarán ubicadas las mejores pantallas.
I
Los linguine son los primeros en sufrir. Siendo tan finos y delicados, al dente hay que pedirlos en otra época del año. Le ocurre lo mismo a los spaghetti, y la mezcla de paglia e fieno. Los siempre cumplidores tortellini se resisten pero salen sobre cocidos, los ravioli por descuido quedan chiclosos, y los macarroni se pegan. ¿Qué ha pasado en la cocina italiana? Ha llegado el mundial de fútbol. Y con él el desmadre.
En la cocina española –y ahora peor bajo la ilusión de ser nuevos favoritos- pasa algo similar. No se le ocurra invitar a una comida de negocios con paella, calamares en su tinta, pulpo tierno a la gallega, fritura de pescado o conejo al ajillo. O estará sobre cocido, o se lo habrán comido la multitud de españoles que sentados alrededor de su mesa, comentan las incidencias de los partidos a ese nivel que los académicos llaman “a viva voz”. Mejor pida una fabada asturiana o un cocido, que como es de ayer, sabrá mejor.
Los propietarios de restaurantes españoles – al igual que los de cocina italiana- no saben qué hacer con el servicio. Los mesoneros más cumplidores del país son del Táchira o de Maracaibo (salvo en la semana de La Chinita). Y ésos ya se han comprado televisores de bolsillo. No recordarán que pidió la mesa 5 ni cómo es la comanda de los escandalosos de la mesa 9. Pero minuto a minuto saben los resultados en Ciudad del Cabo, en Pretoria o en Johannesburgo.
Como con el éxodo de los cocineros franceses la cocina de ése país casi no existe, usted razona que es mejor olvidarse de Europa y buscar los sabores sudamericanos. Mejor no. El mundial es el único momento en que el asado de tira y el bife de chorizo se caen del ranking de excelencia en las parrilladas argentinas. En la uruguaya, los chinchulines están duros, y los brasileños que con su música y alegría lo invaden todo, hacen que tiemble por muy cocido el churrasco. Si piensa en México, mejor que tampoco. La desilusión no es buena compañera de las ollas, ni del picante. En los restaurantes de cocina japonesa, se recomienda coma su sushi, sashimi y tempura siempre antes y nunca después de los partidos -nada menos- que con Camerún, Holanda y Dinamarca. Si ganan, la cuenta puede ser de euforia, y si pierden, los historiadores aconsejan recordar que siempre venden cara sus derrotas.
Si usted es de esos comensales que después del plato fuerte y el café suele insistir con el trago “por la casa”, los sociólogos de la mesa le sugieren averigüe primero cómo va Portugal. Si ése no ha sido el día de Ronaldo, tampoco será el suyo.
El vino quizás no vivirá en el mes del mundial de Sudáfrica su mejor momento. Aunque forme parte de la comida diaria de diez selecciones. Pero no todo está perdido, explican con convicción los mismos analistas que hicieron las predicciones de la primera vuelta en las elecciones colombianas. Según ellos, hay un empate técnico entre el whisky, el vino y la cerveza.
II
A Jorge Luis Borges no le gustaba el fútbol. No porque no lo dejaran comer en paz, sino porque lo consideraba un pésimo invento inglés: “El fútbol en sí no le interesa a nadie. Nunca la gente dice ‘qué linda tarde pasé, qué lindo partido vi, aunque que perdió mi equipo”. “El fútbol despierta las peores pasiones”, decía. Por eso en el restaurante, no grite gol si está frente al pan y el salero del enemigo.



