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Comer es vivir (2)
Publicado por AS | Publicado en General | Publicado el 29-12-2010

Sorprendidos fueron las ganas, y los comensales. No solo desaparecieron los excesos y las tentaciones, sino que ésa fue la época (aún vigente) en que todo es poco.
En los platos enormes, que semejan al marco de un cuadro, dispuestas como si fueran esculturas, iba la comida mezclada con la decoración. Todo lo que en el pasado podía dar origen a un ataque de más ganas, fue eliminado.
En los platos enormes están prohibidos los guisos y estofados, el cocido y su primo hermano el puchero, las fabadas, el cochino, y las cosas populares y grasientas.
Como bien lo explicó Antoni Puigvert, en esas enormes vajillas “se mezclan los colores y formas, se funden los olores contrarios, aparecen todo tipo de espumas, gelatinas y texturas comestibles, se solidifican los líquidos, se licuan los sólidos, se congelan los hervores y se calientan los helados, lo crudo suplanta a lo cocido y se establecen relaciones dialécticas entre amargos, ácidos, dulces y salados”.
Eso en la cocina profesional -dice el colega- es de un extremismo que inquieta. Inquietó tanto a los comensales gourmets que ya los más enterados de los chefs están comenzando a desandar camino.
Mientras tanto, los fanáticos siguen en la procesión, deconstruyendo los grandes platos de la cocina de siempre; reinveintando cocinas milenarias con la italiana, francesa y española; fusionando con tijera y pega en los menús, Occidente con China, Japón, Vietnam y Tailandia.
Los viejos demonios de la gula no han perdido la oportunidad de recordarle a los más jóvenes pero asustados demonios de la desmesura, el valor de la memoria: Así pasó también en los años ochenta, cuando los espontáneos, los arribistas y los encandilados convirtieron la Nouvelle Cuisine en “poco en el plato, mucho en la cuenta” destruyendo un movimiento serio de profesionales serios, hasta convertirlo en caricatura o etiqueta.
• ¿No se puede repetir?
Si me piden que firme un manifiesto de los intelectuales contra el comer, porque no firmo. Cada adulto puede combatir o no su grasa como le venga en gana, pero a los inquisidores del plato ajeno pregunto: ¿Quién combate el exceso en las cantinas escolares? ¿Quién certifica que un cocido es menos saludable que una hamburguesa con papas fritas industriales?
Los quilos de más se han convertido en pecado capital, en insulto estético, en cosa que no consigue empleo y que no dejan entrar a las discotecas. Hoy en la televisión, es sinónimo de problema o pobreza. Hace cien años, por siglos, significaba opulencia y poder.
Cuando las ganas –como suelen hacerlo en las fiestas de fin de año- me tientan, nunca olvido a Massimo Montanari, profesor de Historia Medieval en la Universidad de Bolonia, jugando con los conceptos de gordura y saber.
Solía preguntar en su aula en la única ciudad del mundo que está orgullosa de llamarse la grassa (la gorda), “¿Es Bolonia dotta (ilustrada) en cuanto grassa, o es grassa en cuanto es dotta?” Mientras los estudiantes del seminario internacional buscaban la respuesta, Montanari, sus amigos y este servidor, todos militantes del movimiento Slow-food, salíamos siempre hambrientos de excursión por Bolonia a dar cuenta de cuanto salchichón crudo o cocido encontrábamos en el camino. La excusa según el maestro era sencilla e impecable para tener ganas: Son los mejores del mundo.
@albertosoria







