“Se reserva el derecho de admisión a personajes con hambre”. Así dice el cartel que por seguir la moda de la cocina de televisión, se ha comenzado colgar como
aviso al comensal normal.
No en todos los sitios, sino en los restaurantes súper modernos del viejo y nuevo mundo. Me lo confirman mis colegas en ciudades emblemáticamente elegantes. En California y Hollywood no. Allí, por el cómo lo engorda a uno la pantalla, desde hace rato casi no se come.
Si el comensal en busca de novedad pero con hambre llega, otro cartel, menos ilustrativo pero más gastronómico, lo pone en sobre aviso: “Advertencia: Cocina de vanguardia”. En todo lo nuevo que lleve ésa etiqueta de moda en la gastronomía, los platos son enormes, los precios altos, y las raciones de pequeñas a mínimas.
Por lo general, si el sitio es muy fino, tan pronto se siente en la mesa le presentarán allá en el fondo de un plato hondísimo, unas cositas que cabrían en una cucharilla de café. A eso se le llama “la cortesía del chef”. No aparece en la cuenta, pero se la cobran. Es un preanuncio de lo que vendrá.
Las entradas modernas son también pequeñas (¡no se vaya usted a llenar antes de llegar al plato principal¡). Salvo que se trate de una ensalada. Allí sí que son generosos con la lechuga. La del tipo Boston sube en pirámide o se distribuye en capas tipo tejas, desbordando el plato. Tanto, que se pega con la ensaladita de la beldad a su izquierda, y la ensaladita de la flacuchenta a su derecha.
La absurda tendencia de hacer pasar hambre al comensal (si usted no se ha levantado alguna vez de una mesa moderna con hambre, deje de leer aquí) no es tan ilógica. Me lo explicaba un gestor de restaurantes de nuevo cuño. “Es pura inteligencia estratégica. Estamos avanzando como ya lo hizo el bar. Si usted quiere más, pídalo doble. Gustosamente le cobraremos por eso”.
En la tendencia en Venezuela, el tequeño se ha salvado, pero la lumpia no. Los administradores saben que la clientela es capaz de incendiar el local si sirven un solo tequeño en un plato tipo canoa. Por eso ponen dos. Y pintan el resto del plato con salsita roja o anaranjada. En cambio a la lumpia la ponen sobre una cama de verduras, un manojo de brotes, una cucharada generosa de salsita de color y va que chuta.
Militantes y embajadoras de este estilo son las sílfides de portadas. Que se hacen acompañar a los restaurantes de moda por deportistas magros, modelos estómago-tableta-de-chocolate, ejemplares de gimnasio (fibrosos, no muy papeados que es de mal gusto) y adinerados hombres de negocio con menos de 89 kilos.
Para todos los encima de los 89 kg, avispados empresarios están planeando nuevos reservados en sus locales. Les llamarán “Grandes clientes”. Con ellos, pierden dinero al tener que servirles raciones normales, pero ganan los suyo en vinos de calidad y destilados con leyenda como Calvados, Coñac, Armagnac, Grappas finas, Balvenie añejo, Royal Salute 21 o Blue Label. “Grandes clientes” como chapa (término muy usado en Venezuela) será un éxito, me aseguran los enterados.
La única duda existencial que rodea a la cultura de lo poco que hoy impera, es una vacilación algebraica: cómo manejar las raciones.
Algunos platos obligatorios de la modernidad, pueden generar conflicto con los comensales de los 89 kg para abajo. Por ejemplo: A un amante del sushi, ¿cuántos bocados se le deben servir para saciar el hambre sin perder la forma y compostura? ¿Cuatro? ¿Puede un seguidor de la cocina peruana sobrevivir con un cebichito compartido? ¿Cómo se resuelve un empeñoso seguidor de la cocina criolla de vanguardia?: ¿Dos mini-bocados de polvorosa de pollo? ¿No será eso como redundante, visto como mucho?
Mientras el Maître ilustrado vestido por Armani del restaurante de lujo de moda justifica lo mínimo y ofrece como alternativa la ensalada Waldorf ligera y de vanguardia, (sin crema de leche, con mayonesa de frasco, escasa manzana, mucho apio y media ración de nueces), del reservado Grandes Clientes, un vozarrón que suena a gordo… clama por su tercer plato.